Extraño los noventa
Algunas épocas se quedan viviendo dentro de uno.
Nací en los ochenta, pero pertenezco emocionalmente a los noventa.
Hace unos días me descubrí explicándole a alguien cómo era conectarse a internet cuando yo era niña. Mientras lo hacía, me di cuenta de que estaba hablando de un mundo que ya no existe. Un mundo donde conectarse requería paciencia, donde no todo estaba disponible al instante y donde la tecnología todavía se sentía como una herramienta, no como el aire que respirábamos. Los niños de hoy crecieron en otra realidad. Para ellos es completamente normal que el mundo entero quepa dentro de una pantalla. Y quizá lo que más me impresiona no es el cambio en sí, sino la velocidad con la que ocurrió. Casi sin darnos cuenta, pasamos de una época donde todo tardaba un poco a otra donde cualquier espera parece una falla técnica.
Y entonces me acordé de mi tío Fernando.
Fue él quien me enseñó a mirar el deporte como si fuera un relato épico. Sobre todo el fútbol y las carreras de ciclismo. Lo curioso es que muchas veces lo único que podíamos ver en TV era el resumen deportivo del noticiero. No había esa disponibilidad obscena de hoy, donde uno puede encender el televisor y encontrar un partido de cualquier liga del planeta a cualquier hora. A veces apenas alcanzaba la señal de radio. Y sin embargo había algo profundamente emocionante en escuchar a alguien describir un gol que uno no estaba viendo. El narrador decía “arranca por la izquierda”, y uno imaginaba todo: la cancha, el ruido, la velocidad, el arquero saliendo tarde. Espectacular.
Creo que teníamos una capacidad enorme para completar los vacíos. Tal vez porque vivíamos rodeados de ellos. Quedaba mucho espacio para la imaginación. Casi que cada quien aun escuchando lo mismo, dejaba correr un universo distinto en su mente.
Los partidos no se transmitían como ritual obligatorio. Las películas no aparecían automáticamente cuando uno las deseaba. Las canciones no estaban esperando en un catálogo infinito. Había que ir hasta Tower Records a escuchar un álbum nuevo como quien visita algo importante. Recorrer estantes. Leer la contraportada. Ver fotos diminutas del artista. Escuchar las canciones en orden porque alguien las había pensado así.
Hoy casi nadie escucha discos completos. Consumimos canciones como quien hojea titulares. De hecho, algunos artistas van sacando nuevas canciones casi como sacando hojas de una impresora. No digo que sea peor. Es simplemente otra relación con el tiempo. Yo todavía recuerdo cuando una banda desaparecía durante dos o tres años y luego regresaba con un álbum de ocho canciones que uno escuchaba de principio a fin.
También estaba Blockbuster. La pequeña tragedia de descubrir que la película que uno quería no estaba disponible porque todas las copias habían sido alquiladas. Hermoso. Creo que había algo bello en que la frustración dependía de algo físico: alguien más, en algún lugar de la ciudad, tenía exactamente lo que uno quería ver.
Ahora todo parece diseñado para evitar cualquier demora. Y me atrevo a decir que nunca habíamos estado tan impacientes.
Recuerdo también la llegada del internet doméstico con fascinación y un poco de caos. La conexión hacía ruidos rarísimos, como si el computador estuviera intentando comunicarse con una nave espacial soviética. Bastaba que alguien levantara el teléfono fijo o que alguien llamara insistentemente para que todo colapsara. Uno podía perder una descarga de veinte minutos porque una tía llamó para preguntar una dirección.
Y aun así sentíamos que el futuro había llegado.
Para mí, lo rudimentario que era todo y la cantidad de asombro que producía siguen teniendo mucho encanto.
Salíamos de casa sin que nadie pudiera ubicarnos durante horas. Eso hoy suena casi irresponsable, incluso peligroso. Pero había una libertad silenciosa en no estar permanentemente disponible. Nadie esperaba una respuesta inmediata porque técnicamente no existía la posibilidad de obtenerla. El mundo todavía aceptaba la ausencia.
Ahora todos parecemos localizables incluso cuando no queremos ser encontrados. El teléfono dejó de ser un objeto que sonaba dentro de una casa y se convirtió en una extensión ansiosa del cuerpo.
Cualquiera puede aparecer. Una llamada. Un mensaje. Una promoción. Un desconocido ofreciéndote cambiar de operador a las ocho de la mañana. Incluso la intimidad parece tener notificaciones.
Y sin embargo no creo que la nostalgia por los noventa tenga que ver únicamente con “tiempos más simples”. Esa frase suele simplificar demasiado las cosas. Los noventa también tenían violencia (soy colombiana, créeme que sé de lo que hablo), incertidumbre, precariedades. El país era duro. El mundo no era inocente.
Pero sí recuerdo algo distinto en la manera de habitar el tiempo.
Cada cosa tenía un espacio más definido. Ver una película era ver una película. Escuchar música era escuchar música. Llamar a alguien implicaba decidir hacerlo. Había menos simultaneidad. Menos fragmentación. Uno no vivía permanentemente atravesado por estímulos que competían entre sí.
Quizás por eso algunos recuerdos permanecen tan intactos. Porque ocurrieron completos.
A veces me pregunto si las nuevas generaciones tendrán memorias así de compactas. No mejores ni peores. Solo más nítidas. Me pregunto qué recuerdos sobreviven cuando casi toda experiencia ocurre acompañada de otra pantalla, otra conversación, otra alerta encima.
Tal vez toda generación termina creyendo que el mundo donde creció tenía una textura especial. Y probablemente sea verdad. La infancia siempre vuelve más lentas las cosas.
Pero aun así sospecho que hubo algo irrepetible en crecer justo en la mitad de dos mundos: uno todavía analógico, lento y parcialmente inaccesible; y otro que comenzaba a conectarlo todo sin que entendiéramos todavía las consecuencias.
Nos tocó aprender el futuro gradualmente.
Eso también fue una forma de privilegio. Mi forma favorita, puedo decir.
Todavía puedo recordar el sonido de una llamada entrando mientras el internet se caía. El clic pesado de un VHS dentro del reproductor. La emoción de encontrar una canción en la radio y quedarse escuchándola completa porque no había forma de devolverla. Y me impresiona que cosas tan pequeñas puedan producir una nostalgia tan física.
Como si el cuerpo también recordara velocidades antiguas.
Estoy leyendo últimamente:
Lupelita: Lupelita
Andrea: Raros y Felices
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Luis Eduardo: Luis Eduardo García
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Los de siempre:
Love, Shea: Shea McGee
The Creative Act: Rick Rubin
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Randy: Randy Amor
Gracias por leer,
-Gigi-


Ya en los noventa las cosas empezaban a ir deprisa, y no tardaron en desbocarse. En mi caso nací en la España de finales de los cincuenta: de la inexistencia de la televisión en casi todos los hogares, de años con dos únicos canales, del teléfono colgado en la pared (un único aparato por hogar y gracias, que aún había zonas en el país sin que tuvieran ni eso)... En fin, a eso creo que se le llama nostalgia, pero será cosa de seguir y bregar con la IA y lo que viene de su mano...
Un gusto leerte, Gigi, aunque sea de la mano de la velocidad que todo se lo lleva.
Gigi, me ha encantado. Es muy reconfortante leerte; recordar un mundo más lento. Personalmente no viví los noventa (aunque siento nostalgia por cosas que ni vivi jaja) pero creo que mi infancia fue la ultima generación sin celular. Todavia recuerdo la emoción que sentia cuando pasaban dibujitos por la television, la emoción por cada capitulo nuevo de una novela. Eso: la espera, nos hacia vivir más conectados con el entorno. Con más presencia. Gracias por mencionarme Gigi <3